una película de ULISES DE LA ORDEN
      con música original de RICARDO VILCA

Causa polémicas el estreno
Del documental “Río Arriba”

‘Río Arriba’ es un documental dirigido por Ulises De la Orden, que se estrenó anoche en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), cuestiona la noción de progreso indiscriminado, a través del drama que sufren las comunidades kollas en la provincia de Salta, que ven impotentes la destrucción de su cultura milenaria.
”La película cuenta qué pasó con las tierras y la cultura de las comunidades kollas cuando los llevaron a trabajar a la zafra de la caña de azúcar”, afirmó De la Orden, quien estructuró el filme como un viaje personal y subjetivo, en el que él mismo está involucrado como bisnieto de un inmigrante que explotó un ingenio azucarero.
Premiado en el VI Festival Nacional de Cine Documental, el II Festival de Cine y video Latinoamericano de Buenos Aires y el Festival de Toronto (Canadá), el filme advierte sobre la forma en la que el progreso impuesto por la cultura occidental a principios del siglo XX acentuó la desculturización de las naciones Kolla y Aymara.
El documental, que se verá todos los sábados y domingos de febrero en el auditorio del Malba (avenida Figueroa Alcorta 3415), fue rodado por De la Orden y un pequeño grupo de técnicos en escenarios naturales y editado al ritmo de la música original del maestro humahuaqueño Ricardo Vilca.
Sobre la obra, el cineasta explicó que se habla de progreso y desarrollo como algo indiscutible, pero “lo cierto es que todo lo que era sinónimo de progreso ya no existe más. Yo me pregunto: progreso para quién, para qué y con qué sentido”, finalizó.


Telam
por Paulo Pecora
“Río arriba” cuestiona la noción de progreso indiscriminado

Buenos Aires, (Télam, por Paulo Pécora).- “Río Arriba” es un documental dirigido por Ulises De la Orden, que se estrenará el sábado en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) y cuestiona la noción de progreso indiscriminado, a través del drama que sufren las comunidades kollas en Salta, que ven impotentes la destrucción de su cultura milenaria.

”La película cuenta qué pasó con las tierras y la cultura de las comunidades kollas cuando los llevaron a trabajar a la zafra de la caña de azúcar”, afirmó De la Orden, quien estructuró el filme como un viaje personal y subjetivo, en el que él mismo está involucrado como bisnieto de un inmigrante que explotó un ingenio azucarero.
Premiado en el VI Festival Nacional de Cine Documental, el II Festival de Cine y video Latinoamericano de Buenos Aires y el Festival de Toronto (Canadá), el filme advierte sobre la forma en la que el progreso impuesto por la cultura occidental a principios del siglo XX acentuó la desculturización de las naciones Kolla y Aymará.

El documental, que se verá todos los sábados y domingos de febrero, a las 18.30, en el auditorio del Malba (avenida Figueroa Alcorta 3415), fue rodado por De la Orden y un pequeño grupo de técnicos en escenarios naturales y editado al ritmo de la música original del maestro humahuaqueño Ricardo Vilca.

”Me propuse cuestionar la noción de progreso”, aseguró a Télam el cineasta, y explicó: “Se habla de progreso y desarrollo como algo indiscutible, pero lo cierto es que todo lo que era sinónimo de progreso ya no existe más. Yo me pregunto: progreso para quién, para qué y con qué sentido”.

”Río arriba” muestra el viaje que emprendió De la Orden hasta Iruya, una localidad salteña ubicada a 90 kilómetros de Humahuaca, donde la comunidad kolla lucha por mantener viva su cultura, sus fiestas religiosas y su forma de vida milenaria, pese al desgaste y la explotación que sus miembros sufrieron en los ingenios azucareros.

”La película se levanta en contra del lucro desaforado, la ambición desmedida y una forma occidental de producir bienes que atenta contra la subsistencia de estas culturas y del planeta”, afirmó el cineasta, cuyo bisabuelo administró uno de esos ingenios donde se sometía a los indígenas.

Con su reivindicación de los kollas y el respeto a su forma de vida, la película se convierte en una suerte de expiación personal de la culpa que el cineasta heredó de su pariente: “Fue un proceso largo y modificador, porque espiritualmente sanó algo con respecto a la historia de mi familia”, señaló.

”Conté mi propia historia, porque me parecía una forma honesta de acercarme a esa cultura y esa gente”, dijo De la Orden, y sostuvo que “las películas sobre esa tierra siempre me parecían enormemente irrespetuosas y prepotentes, porque tienen la mirada de alguien que viene de la ciudad a contar la historia de gente que no conoce”.

El cineasta visita Iruya desde 1987 y ya había filmado un documental en 1992 sobre la fiesta patronal de la Virgen de Rosario de Iruya. “Desde la primera vez que la visité, Iruya fue como una revelación, porque me permitió descubrir una cultura, un paisaje, un clima y una música muy distintos a los que conocía”, recordó.

Hecho de manera artesanal y con escasos recursos, el filme revela además la forma en la que los dueños de los ingenios azucareros se aproyecharon del mito de El Familiar -un monstruo que se alimentaba de los zafreros- para justificar el asesinato de los trabajadores que se oponían a su sometimiento.

”Toda esta historia de explotación no está a la vista, pero existe en todo el país. Los trabajos de mano de obra intensiva, como la zafra de la caña de azúcar y el algodón, la minería, la lana, el quebracho, la yerba mate y la vendimia, son de mano de obra intensivamente explotada”, agregó.


Vamos a la zafra

Una tarde de febrero de este año decidí ir al Malba (Museo ubicado en la zona norte de la Capital Federal) a ver Río arriba, un documental que trata sobre las trayectorias de las comunidades kollas del norte de Argentina durante el siglo XX en relación a la zafra azucarera.  No era la primera que lo iba a ver.  Lo que ocurre es que las otras tres que había ido, por alguna u otra razón –tránsito, compromisos laborales, en fin, el ritmo trajinado de la ciudad- llegaba unos minutos después de comenzada la función y, además, con el acelere urbano con el que solemos convivir los habitantes de las grandes ciudades.
Esta vez llegué a tiempo, tranquila, no a las corridas.  Hice la cola y vi a mucha gente a mi alrededor. La escuché y la vi muy diferente a mi, pero ahí estaba. Estábamos sentados un sábado a la tarde para ver un documental.  Dispuestos a ver y escuchar una mirada.  Una profunda mirada que, luego de ver el documental completo, se nota es una síntesis de muchos años en el norte.  De muchas vivencias, conversaciones y silencios compartidos.  Que tal vez es un trabajo que Ulises de la Orden, el director de la película, comenzó a hacer sin darse cuenta desde la primera vez que, entrando a la adolescencia, fue a Iruya hace más de 20 años.
Unos meses después de aquella calurosa tarde de verano y, a punto de reestrenar el documental nuevamente en el Malba, nos encontramos con él para hacer la nota.  A la charla también se suman Germán Cantore, montajista de Río Arriba, y Fernando Bustos, quien estuvo a cargo de la grabación de la música que Ricardo Vilca le puso al documental.

Bajo el azote del sol

Shiji: ¿De qué trata Río Arriba?
Ulises de la Orden: Cuenta qué pasó con las comunidades kollas de la zona de Iruya (Provincia de Salta) cuando llevaban a la gente a trabajar a la zafra azucarera a lo largo del siglo XX. La zafra fue ( y es) un sistema de explotación de todos ellos y de mucha otra gente más: wichis, tobas, bolivianos, paraguayos. Tuvo épocas en las cuales demandaba hasta 1 millón de personas de mano de obra por zafra…toda extensivamente explotada.

S: ¿Qué forma elegiste para contar esta parte de la historia de nuestro país?
U.d.O: La película está estructurada como un viaje que hago yo mismo.  No sólo voy desde Buenos Aires hasta Iruya, sino que también voy descubriendo lo que pasaba con la zafra y qué relación tenía mi familia con eso; mi bisabuelo era arrendatario de un ingenio azucarero. 

S: ¿Cómo decidiste incluir parte de tu historia familiar para abordar este tema?
U.d.O: Es la manera más honesta en que creí poder contar esta parte de la historia; adueñándome de ella contando un poco mi historia y no la historia del otro.  La figura de mi bisabuelo en todo este sistema es realmente muy pequeña.  La caña de azúcar, como el algodón, la pesca, la lana y otros, son sistemas productivos, básicamente, en manos de la oligarquía. En el caso de la caña de azúcar, comandados a lo largo del siglo XX por la familia Patrón Costas -en el ingenio San Martín de Tabacal (Salta), que es el más grande del país- y la familia Arrieta en Ledesma (Jujuy), que luego se emparienta con los Blaquier, quienes actualmente están a cargo de este último ingenio. Son familias oligárquicas de muchísimo poder: Patrón Costas fue vicepresidente de la Nación y los Blaquier son dueños de media argentina…

Porque los pobres no tienen canción

S: ¿Tenés algún registro del momento en el cual empezaste a pensar Río arriba?
U.d.O: Dicen que una opera prima no puede tener excusas, que tenés toda la vida para prepararla. Y esta película no sé cuando la empecé a hacer; cada vez que lo pienso creo que fue más atrás. Posiblemente haya empezado en el año 83, que fue la primera vez que fui a Iruya y, como dice en la película, y me voló la cabeza. Era muy chico y era la primera vez que salía de la provincia de Buenos Aires: mi mundo hasta entonces era la ciudad. Y llegar a allá, y más hace 20 años que no había turismo ni servicios de ese estilo para ofrecer, fue muy fuerte; es como que me di cuenta que existían otras culturas, cosa que no es poco y especialmente teniendo en cuenta que yo recién estaba entrando en la adolescencia. Y posiblemente a través de esa experiencia empecé a juntar cosas que hoy están en la película.  Fueron más de 20 años de investigación no programada. 

S: ¿Cómo fue el paso al proyecto en sí?
U.d.O: Hay un personaje que está en la película que se llama el Tano, que era maestro en una comunidad en Higueras, un lugar a unas horas caminando desde Iruya. El siempre me hablaba de las terrazas de cultivo y yo no nunca las veía.  Y un día también me habló de los ingenios y de cómo las terrazas se habían deteriorado a partir de que la gente tuvo que empezar a ir allí. Y ahí me cayó la ficha: ingenio, bisabuelo, acá hay algo espeso me dije. Primero me dediqué a buscar las terrazas de cultivo, que finalmente encontré, y también a conocer gente, sobre todo a los más viejos. Al principio era yo solo con un papel y un lápiz contándole a gente que no mira ni televisión que quería hacer una película, era como un marciano.

Hoy cenaremos sólo tristezas

S: ¿Cuál fue tu hipótesis a la hora de comenzar el rodaje?
U.d.O: La hipótesis primaria de la película es poner en conflicto la noción de progreso. Porque en realidad, ¿quién progresó? Patrón Costas, los Blaquier, los Arrieta y algunos más que están ahí sumados, como puede ser el caso de mi bisabuelo.  Pero la zafra básicamente es un sistema que produjo riqueza y progreso para una minoría y devastación, abandono y miseria para la gran mayoría del pueblo argentino. Entonces ¿qué es el progreso? ¿Para qué? ¿A Costa de qué?

Ulises de la Orden nos cuenta que antes de salir a rodar había un guión previo a la película muy sólido, menos comprometido que lo que la película quedó finalmente.  Muchos de los personajes ya los tenían pautados, pero al ser un documental, según sus propias palabras, “… estas cosas van cambiando.  Como pasó que muchos personajes que grabaron, al final no terminaron estando en Río arriba, ocurrió también que nunca había encontrado al personaje que hace Bernabé –uno de los personajes centrales-. A él lo conocí 10 días antes de terminar el rodaje de casualidad, yo ya había decidido no incluirlo en la película hasta que nos conocimos…”.
Y continúa “…creo  que alguien que va a hacer un trabajo de este tipo tiene que estar muy poco flexible y a la vez flexible: muy poco en relación al patrón inicial que lo llevó a realizar ese proyecto, pero flexible porque todo sigue siendo experiencia e investigación en el momento del rodaje…”  Y agrega “…en esa parte de la película intervinieron Germán Cantore, el montajista, y Miguel Pérez, quien nos dio una mano con la estructura general. Sin duda una enormísima parte del merito de la película es de ellos”.
Germán Cantore: En relación al tema del guión y lo que finalmente quedó, se podría decir que el guión era más “liviano” y se centraba más en la cultura en si.  En la película, finalmente, la cultura está mostrada y sugerida pero no hay un trabajo tan antropológico en relación a ella. La película giró, de esta manera, centralmente a lo que fue ese pueblo en relación a la zafra.  Incorporamos muchas cosas que cuando empezamos a editar no existían como por ejemplo material de archivo y fotos: ahí es donde la película se empieza a poner más comprometida.

Canción del silencio

Fernando Bustos es quien estuvo a cargo de la grabación de la música de Rió arriba.  El nos cuenta que “…Ulises me planteó un desafío muy grande: en vez de traer músicos del norte a  grabar en un estudio de Buenos Aires, ir a montarlo a Humahuaca; precisamente en la casa de Ricardo Vilca que es quien le puso música a Río Arriba. El detalle es que esto lo tuvimos que hacer casi sin presupuesto así que entre las cosas que yo tenía y las que nos prestaremos, lo pudimos llevar adelante. Por suerte funcionó todo y a nivel técnico también salió muy bien.
U.d.O: La música la grabamos una vez que la película estaba terminada. Ricardo tenía algunas cosas grabadas y a medida que la íbamos viendo, iba componiendo. Grabamos mucha música y hubo un trabajo de post producción muy grande también ahí.
En relación a eso la “estructura” de Río Arriba, que son básicamente Ulises, Germán y Fernando, nos cuentan que próximamente saldrá a la venta el disco del documental.  Que no va a tener que ver con los otros discos de Ricardo Vilca, adelantan que será algo muy conceptual. La idea, según el director, es “…tratar de contar la película en el disco también. Entonces hay muchos sonidos, voces en off, la música tal cual está en la película y algunas cosas más…”

Madurando sueños

En relación al proceso de edición, el director nos cuenta que “…fue largísimo. Duró un año y medio.  Fue tiempo de maduración mía, del proyecto, de mi relación con Germán y posiblemente también maduración de él. Teníamos como 80 horas entre las filmadas y el material de archivo. Contar una historia con ese material y que el relato tuviese la dimensión que nosotros pensábamos, demandó muchísimo tiempo que yo lo sentí de maduración….”.
Lo mismo ocurrió para mostrar la película: por primera vez se hizo en septiembre del 2004 y la estrenaron en febrero del 2006.  Ulises de la Orden nos cuenta que le costó mucho tiempo tomar la decisión de mostrarla. Y también relaciona a ese proceso con el tema de las maduraciones y con el hecho de que, además, es su primera película y también la primera que Germán Cantore editó.

No sé cómo no acordarme…

S: ¿Cómo fue la recepción de la película?
U.d.O: La primera exhibición fue en la escuela de San Isidro de Iruya y con el ruido del generador de luz de fondo (allí no hay luz eléctrica sino que se genera a través de paneles solares y sólo hay durante dos horas en el día, por la noche). Habrán venido como 50 personas (en San Isidro viven aproximadamente 150), muchos chicos. Para mi era una prueba muy importante. Y cuando terminó aplaudieron y eso me sorprendió.  Yo pensaba que no lo iban a hacer ya que no son un público de teatro, ni de cine; el aplauso fue como una convención, como un signo de que les había gustado. Y fue muy groso...un señor que se llama Hemiterio nos dijo “…gracias por acordarse de nosotros…”.

Mientras charlamos, Ulises y Germán rememoran la primera gira que hicieron por el norte con Río arriba: San Isidro (Salta), Iruya, Humahuaca, Tilcara y terminando en una sala del teatro Mitre de San Salvador de Jujuy ya que la película estaba en el festival nacional de cine documental 2004. Recuerdan  que había unas 300 personas -entre las cuales estaba el  perro Santillán y Ricardo Vilca- y además que en ese festival Río arriba ganó dos premios: el del público y el de mejor documental. 
Tanto en Salta como en Jujuy la recepción fue muy buena. La gente de allá se sentía identificada con lo que se contaba e incluso cuando la muestran en Buenos Aires les hacen comentarios muy conmovedores.
Río arriba pasó por festivales de todo el mundo obteniendo varias menciones; actualmente está en un festival en Cuba, para luego pasar por otros 4 en Europa.  El director cuenta que el deseo de ellos es que este trabajo esté al alcance de todas las escuelas del país pero que todavía están viendo la forma de encararlo para que el acceso no sea discriminatorio. 
Durante el mes de mayo se la podrá ver en el  Malba todos los sábados y domingos a las 18:30 hs.; se recomienda llegar una hora antes para sacar las entradas porque suelen agotarse.

S: ¿Por qué creés que la película llega a personas, incluso, de diferentes culturas?
U.d.O: Creo que encontramos una forma de contar una historia que llega mucho. Lo único que sé es que trabajamos mucho en esto. Pero hay algo en la película que aún no termino de saber qué es que te toca.

El hombre viene, mira y no se va

Río arriba es un viaje.  Es un viaje al interior del alma de un pueblo que no es escuchado, que no es conocido por su propio relato.  De un pueblo del que poco se habla y encima lo que generalmente se dicen son suposiciones; ideas muy tiradas de los pelos de gente de afuera que mira unos días, se va y cree poder describir mágicamente una cultura ancestral que tal vez lleve años poder llegar a comprender, “simplemente” algo de ella.
Porque se puede viajar al norte y conocer “sólo” montañas. Se puede viajar al norte y “conocer” Iruya en tres horas. Se puede viajar y viajar pero siempre quedarse en el mismo lugar, no moverse mentalmente, no transitar más que caminos de asfalto y de tierra sin transitar los de nuestra propia vida. 
Río arriba te hace viajar a la profundidad de una parte de la historia de nuestro país, te muestra que sólo hay que tomarse un tren –que es como si fuera otro mundo, pero es el mismo que el que habitamos los que estamos en las grandes ciudades- y proponerse conocerla.  Que eso puede llevar años y hasta tener que preguntarse y escarbar en cuestiones familiares que generalmente uno no suele cuestionarse por miedo a encontrarse con algo en su historia que no le guste.  Como si fuésemos cautivos de nuestra propia historia y, por lo tanto, de nuestro presente y futuro.
Si uno no sabe de dónde viene, ¿podrá algún día saber y decidir quién quiere ser? Si no tenemos la valentía de escarbar y conocer nuestras sus raíces y las del país que habitamos, ¿qué posibilidades de transformación –personal y/o social- tendremos? 
Mirar realidades diferentes a las nuestras es una experiencia muy fuerte. Ir al norte, conocer la historia y lo que pasa actualmente con la gente que trabaja en la zafra azucarera y otras actividades que giran en torno a un sistema de explotación, es una vivencia realmente conmovedora.
Llegar a la frontera de La Quiaca (Jujuy) con Villazón (Bolivia) y ver como miles de personas –desde chicos de 7 años- transportan constantemente por el puente que une ambos países bolsas de más de 60 kilos en sus espaldas durante todo el día para llevarse, con suerte, cerca de $10 al día, es algo que si uno ve, su vida no puede seguir igual. 
Y si uno está muy lejos de esos lugares pero sí rodeado de autos y edificios, seguramente si transita al menos unas cincuenta cuadras, encuentre más de un lugar donde se viva en condiciones insalubres y se trabaje en torno a un sistema de explotación.
Pero es tan fuerte y compleja la sensación que nos produce ver como todo esto ocurre y tan grande el sentimiento de impotencia que nos provoca el sentir que no podremos cambiarlo, que preferimos ir, mirar e irnos. Pero esas realidades siguen existiendo y, de hecho, la vive más del 50% de la población que habita nuestro país.
Río arriba no se presenta como una propuesta específicamente política pero sí es el ejemplo de un hombre, y otros que decidieron acompañarlo en este largo camino, que fue, miró y no se fue.  Ojalá muchos de nosotros podamos seguir ese ejemplo.


Shiji


El cine mira hacia el norte argentino

”Río arriba” se proyecta en el Malba
El chasquido de las brasas que calientan un horno de barro al otro día de una tormenta. Pan recién hecho, en las manos de una señora de Iruya. De fondo, el cielo azul turquesa, los cerros como paredones de una muralla que encierran otro mundo, y la música de Ricardo Vilca, que anuncia un nuevo día. Es una de las imágenes más verdaderas del primer film de Ulises de la Orden, que conoció el pueblo salteño de Iruya cuando tenía 13 años, y que en ese momento no imaginaba la relación que existía entre ese lugar colgado sobre un cerro y su historia personal, y tampoco que con el tiempo eso formaría parte de su primer experiencia como director de “Río arriba”.
La película que llevó cuatro años de preparación y fue ganadora del premio al mejor documental del II Festival de Cine y Video Latinoamericano de Buenos Aires se proyecta todos los sábados y domingos de febrero en el Malba, Figueroa Alcorta 3415, a las 18.30, y está acompañada de una muestra de fotos sobre Ricardo Vilca, autor de la banda de sonido original del film.
El primer largo de Ulises de la Orden es un ensayo personal, mitad road movie autobiográfica y mitad documental periodístico, donde escudriña en la conexión familiar del ingenio azucarero de su bisabuelo y sus implicancias directas en la vida campesina de los habitantes de Iruya; su labor de trabajadores golondrina explotados pelando la caña de azúcar, la pelea cotidiana por mantener sus costumbres ancestrales como pueblos andinos y el quehacer diario de las familias de agricultoras que habitan en Iruya.
La película comienza como un viaje interior de Ulises hacia su pasado y al encuentro con los protagonistas, que van apareciendo a medida que avanza en su ruta por el norte desde Tucumán hasta terminar en San Isidro y sus terrazas de cultivo, ya sea en tren, micros, camiones, mulas o a pie. La banda sonora original del músico humahuaqueño Ricardo Vilca acompaña fielmente la solitaria belleza de los cerros y la crudeza de la vida cotidiana en las alturas.
¿Cómo surgió la idea del guión?
En realidad, primero conocí Iruya durante un viaje con mi tío cuando tenía 13 años. Todavía no había turismo ni camino. En ese momento, me llamó la atención su paisaje. Con el tiempo conocí a un maestro del que me hice amigo y me contó sobre el uso de las terrazas como forma ancestral de cultivo y de cómo habían sido abandonadas porque la gente se iba a trabajar a las zafras. Así que el descuido y las lluvias las fueron deteriorando. Ahí me acordé de un bisabuelo mío que tenía un ingenio en Salta. Con los años, empecé a investigar sobre mi propia historia personal. Y en un momento eso me hizo clic en la cabeza y surgió la idea del guión.
¿Y qué encontraste en esa historia familiar?
Que en mi familia a ese bisabuelo se lo recordaba como un héroe, pero nadie conocía la otra cara de la moneda: que en su ingenio había explotación y miseria. Desanduve la historia no oficial de la familia.
¿Y cómo lo tomaron?
Después que salió la película, es otra relación. Mi familia tenía la imagen de un hombre que cumplió con el sueño del inmigrante luchador que vino con poco y terminó teniendo un ingenio muy importante. Incluso me encontré con gente de mi familia que no había conocido, y fue duro ver qué opinaba de esos campesinos que llegaban a trabajar y cómo se los explotaba a través de los vales de comida o se los discriminaba por sus valores y su otra manera de ver el mundo.
¿En la película hay una escena dura en la que ellos hablan de las enfermedades que -según dicen- “traían esos indios y de lo sucios que estaban”?
Sí; eso no estaba planeado. Organizamos una cena con unos familiares que no conocía y empezaron a decir todas esas cosas de la gente que trabajaba en el ingenio. Pero me parece que tiene que ver con una falla cultural y un desconocimiento del otro. Lo mismo pienso de mi bisabuelo; había un desconocimiento de un mundo andino maravilloso. Creo que su incidencia no fue tan grave como la que sí ejercieron otros ingenios de familias como los Patrón Costa y los Blaquier, que fue terrible lo que generaron y las secuelas que dejaron en la gente campesina.
¿Por qué decidiste incluirte como el relator principal de la película?
No deseaba que fuera la mirada del gringo que quiere hablar sobre ellos. Si bien soy un gringo, quería contar su historia a través de mi propia historia familiar. En el guión original yo no figuraba pero después se terminó dando así en el montaje final. Y creo que es bueno porque hablo desde mi experiencia personal, sin tratar de interpretar su mundo, sino viendo a través de mi mirada su cosmovisión de las cosas.
Gabriel Plaza
Para La Nación

La semana que me llene de luz
por Jorge Falcone

Jornadas Nacionales de Cine y Video Documental
”Pensar, Ver, Indagar el Documental”
(Universidad Nacional de Quilmes),
Mesa Redonda “Las representaciones sociales en cine”

Algunas reflexiones sobre mi experiencia como jurado del VI Festival de Cine y Video Documental organizado por el Movimiento de Documentalistas durante octubre de 2004”

...la conciencia mágica de ser uno mismo...”

Osvaldo Guglielmino

Promediando “Sangre de Cóndor” -emblemático filme del Nuevo Cine Latinoamericano, realizado en 1969 por el gran documentalista boliviano Jorge Sanjinés-, conflictuado por los pesares que padece su comunidad, la que acaba de recibir a un grupo de asistentes sociales norteamericanos que, con el pretexto de un control sanitario, está esterilizando a sus mujeres, el cacique Ignacio Yanahuaya asciende al peñasco más alto y se hinca por largo rato ante el sol. Alguno de los forasteros demanda explicaciones a un comunero sobre tal actitud. El indio responde: “Se está llenando de luz...”

Así me sentí yo durante la semana del 4 al 11 de octubre próximo pasados, en mi condición de jurado de un festival de cine documental que me brindó el privilegio de revisar buena parte de los títulos producidos en nuestro país a lo largo de los últimos cuatro años. Ocurre que mi doble jornada laboral comienza capacitando futuros documentalistas en la Universidad de Palermo y culmina produciendo actualmente los contenidos científico-tecnológicos del noticiero de Canal 7 desde la Secretaría de Ciencia y Tecnología de la Nación, todo lo cual, aceptado el compromiso con el Movimiento de Documentalistas en que milito, sólo me permitió visionar los filmes seleccionados en el espacio comprendido entre las doce de la noche y las seis de la mañana de esos días. Así lo hice pues, cumpliendo en tiempo y forma con mi evaluación, estragado pero feliz. A lo largo de dicho período pude apreciar muchas producciones que ahora se están exhibiendo en muestras itinerantes como la que se viene realizando en la Universidad de Quilmes: “Oscar”, de Sergio Morkin; “Las sábanas de Norberto” de Hernan Khourian; “Grissinópolis”, de Darío Doria; “Historias Recuperadas”, de Alejandro Barrientos. Y otras no menos destacables, como “Toro es”, de Natalia Bacalini y Maximiliano Ezzaoui; “Pochormiga” de Francisco Matiozzi; “Río Arriba”, de Ulises de la Orden; y “Errepé”, de Gustavo de Jesús y Gabriel Corvi, por citar solo algunas.

Una primera aproximación a ese material -atenta a la temática propuesta para esta mesa redonda- permitiría afirmar que durante los últimos años, y con mayor fuerza a partir de la severa crisis del 2001 -más allá de la vigencia de la fórmula convencional consistente en “busto parlante sumado a imágenes de archivo sumadas a locución en off”-, puede verificarse un notable avance en la representación de el otro desde un punto de vista fraternal, narrando historias “con”, más que “sobre” ese prójimo. Buen ejemplo de esto serían “Oscar”, “Errepé” y -fundamentalmente- “Grissinópolis”, obviamente, cada cual en su estilo. Particularmente en este último filme, resulta sorprendente la virtual desaparición de la “frontera” delante-detrás de cámara, lográndose momentos de intimidad -e intensidad- dignos de la mejor cámara oculta, lo que contribuye a testimoniar muy ricamente el desarrollo de una gesta colectiva, como si la impronta de una noble tradición que va desde el Grierson de “Drifters” al Vallejo de “El camino hacia la muerte del Viejo Reales” estuviera más viva que nunca.

También es rescatable la evolución de la mirada antropológica de algunos exponentes de las últimas promociones universitarias de cine: Sin obviar cierto rasgo de candidez en la puesta en escena docudramática, esto ocurre -por ejemplo- con “Río Arriba”, meritorio trabajo en que el joven realizador se adentra en el noroeste argentino indagando sobre la gesta pionera de un abuelo industrial azucarero, de quien al cabo de su odisea andina descubrirá la contracara. Se rescata así la tradición reveladora de el viaje, tan cara a los latinoamericanos desde el “Cronista de Indias” Guamán Poma de Ayala hasta el Che de los “Diarios de Motocicleta”. El citado filme rescata y traduce el antiguo mito de “El Familiar”, engendro habitante de la bodega de los ingenios azucareros, siempre dispuesto a devorar al peón díscolo. Y expone claramente la construcción popular colectiva de una representación que -en años de feroz represión- aludió metafóricamente a los sicarios instruidos para desaparecer discretamente a los dirigentes cañeros dispuestos a desafiar los intereses de esa oligarquía terrateniente encarnada por Blaquier o Patrón Costas. La función cumplida por este personaje me recuerda a otro similar, descubierto en un viaje a Bolivia: El Cari-Cari, explicación mágica que los kollas dan al asedio del cólera, describiéndolo como un monje que sustrae la grasa del cuerpo del indio dormido y lo diseca en vida, en clara alusión a los sacerdotes hispánicos que acompañaron el saqueo de nuestro continente.

Apelando a una estética videoclipera (que alguno podría apreciar como frivolizadora del arcaísmo cultural que envasa), otro tanto ocurre con “Toro es”, documental que registra un antiguo ritual de tauromaquia celebrado anualmente en Casabindo, Jujuy. Ambos filmes descienden hacia las napas más profundas de una verdad ancestral, burlando a los gendarmes de un Súper Yo cultural, en pos del Ello de los pueblos originarios. “Toro es” describe una lidia que representa sobre la arena el sacrificio de un antiguo libertador de la comunidad. Este sincretismo kolla-hispánico de carácter negativo, también me recuerda una figura que conocí en otro reciente viaje por Nuestra América, “El Güegüense” de Nicaragua, representación vergonzante del lugareño creada a partir de la mirada del invasor que lo abochorna. O la que se juega en la danza bélica boliviana de “El Tinku”, en la que dos indios -que representan a la población autóctona y al conquistador- se enfrentan embriagados por el alcohol hasta la muerte literal de uno de ellos, que suele ser -en acuerdo con quien lo interpreta- el español.

En ambos casos, el imaginario resultante del violento choque entre dos culturas -una supuestamente bárbara y otra supuestamente civilizadora- no hace otra cosa que poner de manifiesto ese litigio que aún nos ocupa: El de la Chacana (Cruz del Sur quechua-aymara) contra la cruz católica, que para contribuir a la expoliación de la materia nos arrebató la identidad.

En resumen, mientras la mirada epidérmica de la posmodernidad propició que un grupo de estudiantes comparara -en mi cátedra de Introducción al Lenguaje Audiovisual- el magazine televisivo norteamericano
”Jackass”, del oligofrénico Tom Green, con el sublime despliegue dadaísta de René Clair en “Entreacto”, la gente antigua, visitada en distintos tiempos por Jorge Prelorán o Tristán Bauer, sigue tan dispuesta a prescindir de capataces y patrones como nuestro Movimiento de Documentalistas. Y los jóvenes documentalistas, cada vez más lejos de aquel “sustitutivismo cultural” denunciado sistemáticamente por Adolfo Colombres, desde “Errepé” a “Grissinópoli”, pasando por “Pochormiga”, se van comprometiendo gradualmente con el rescate de siglos de lucha del pueblo argentino contra el colonialismo.-

(19/11/04)

A Frantz Fanon,
Amilcar Cabral,
Paulo Freire,
Rodolfo Kusch,
y Alfredo Moffat.

En nombre del Movimiento de Documentalistas
Prof. JORGE FALCONE


Una historia poco conocida
 
El joven realizador mostrará en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), los sábados y domingos de febrero, un documental que muestra la cara trágica de los collas que habitan la zona de Iruya, en Salta.

Ulises de la Orden habla con calma. Casi susurrando a veces. Como si hubiera adquirido esta costumbre de tanto recorrer, a sus treinta y seis años, el norte argentino, mimetizándose con su gente. Pero él no luce así. No denota una identificación snob del turista encandilado. Sus ropas son las de cualquier porteño de vacaciones. Pero sus ojos, sin embargo, no miran el gris del asfalto sino que parecen orientarse continuamente a los cerros y quebradas de Salta. No es para menos. Tras varios años de paciente esfuerzo el sábado estrenará en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) “Río arriba”, la forma elegida para hablar de “lo que pasó en las comunidades collas en la zona de Iruya a lo largo del siglo XX, cuando la zafra de la caña de azúcar demandaba la mano de obra de alrededor de un millón de personas” (de todo el noroeste y países limítrofes). La forma de hablar, en definitiva, de una pasión por las personas que habitan ese confín argentino, joya turística de la actualidad cimentada sobre una tragedia silenciosa. EL VIAJE A IRUYA “Río arriba” no es, sin embargo, una clase de historia. Sino un documental en el que él contará su historia que, casualidades de la vida, está ligada a la de la gente de Iruya, lugar al que conoce desde que era adolescente y experimentó un “choque de culturas conmovedor”. Porque, más allá de que volvió en innumerables ocasiones a ese pueblo salteño, no podía soslayar el hecho de que “mi bisabuelo era contratista del ingenio San Isidro, que esá en la zona de Iruya”. Por lo que varios de los trabajadores en condiciones de “esclavitud velada” utilizados por los ingenios fueron captados por él. Entonces estructuró “Río arriba” como “una especie de “road movie”, un viaje desde Buenos Aires hasta Iruya”, en el que el protagonista es él mismo. “Voy desarmando la historia: voy escuchando a la gente que estaba en el ingenio, propietarios y arrenderos como también a los zafreros.” No es un viaje al ego, como podría suponerse, sino que su intención es recordar que la zafra (los ingenios) fue causa importante de la destrucción casi total de una cultura. Porque al deber marchar a la zafra, obligados por deudas inhumanas por su particular relación con el hombre blanco, los collas descuidaron centenarias tradiciones como el cultivo en terrazas que significaban su sustento y, en consecuencia, las comunidades en las que vivían. Al quedarse sin nada, las ataduras a esta forma ruín de explotación se hicieron más fuertes, cerrando un circulo vicioso que condenó a los hijos de aquellos primeros sometidos a una vida similar hasta nuestros días. EN TODOS LADOS La realización de “Río arriba” fue, a su vez, otra odisea. Ulises y cuatro personas más se abocaron al rodaje en 2002, en locaciones a dos días de distancia a lomo de burro, por ejemplo. Una experiencia, sin embargo, muy satisfactoria. Como así también fue la inclusión de la música compuesta por Ricardo Vilca, amigo del director. Luego vinieron los años de la posproducción y del paseo del filme por festivales de todo el mundo. “Pegó onda con los festivales de medio ambiente y también de derechos humanos”, cuenta Ulises. Ahora le toca el estreno comercial, algo que él esperaba con ansias porque es conciente que el enorme esfuerzo demandado hasta el momento no significa nada si nadie va a verla. “Estrenarla es un nuevo desafío. Luego del Malba me gustaría mostrarla en los Espacios Incaa, buscar una suerte de estreno nacional, llevarla a los pueblos con el Cine Móvil. Después está Canal 7, siempre buscando mayor cantidad de público. Porque hice una película con el subsidio del Incaa, que es plata pública y, esto lo creo yo, tengo la obligación de que esta película llegue a la mayor cantidad de gente posible. ¿Para qué me está pagando a mí el Estado si no es para mostrarla? Puedo fracasar, pero no puedo quedar sin hacer el intento.”
Copyright La Prensa 1996-2006

Revista Veintitres

Las comunidades kollas de Iruya
Después del ingenio
El director Ulises de la Orden, descendiente del explotador de un ingenio azucarero, remonta la travesía desde Buenos Aires asta Iruya para dar cuenta de la destrucción de una cultura originaria: la kolla. La cámara recorre las inquietudes de su director. Inquietudes que van creciendo en intensidad y compromiso: como llegó ese primer de la Orden a la zona, que se propuso hacer con las plantaciones de caña de azúcar, los zafreros que contrató, el pago en vales, las deudas que los indigenas iban acumulando, el desarraigo, la miseria, elhambre, la muerte.
Mediante una estética similar a la creada por fabián Polosecki (caminar por los sitios que investiga y preguntarse por lo que ve y lo que ya no puede verse), de la Orden va indagando a los habitantes los porqués y los cómos sin vergüenzas. Con esas preguntas y, fundamentalmente, con las respuestas, teje el entramado de una masacre cultural casi absoluta: la de los pueblos originarios que se vieron obligados a abandonar sus usos y costumbres, por fin, toda su cosmogonía, para eriquecer al hombre blanco a cambo de nada.
Por N.R. Para Revista Veintitres

Diario Clarín - Revista Viva
6/8

Cine | Otra mirada sobre el progreso
Lo que la zafra se llevó

Se podría decir, antes que nada, que Río arriba, más que una película es una búsqueda interior del director Ulises de la Orden. Una búsqueda de una parte de su historia, de sus orígenes. La filmación comienza con la voz en off del director en su rol de protagonista arriba de un tren con rumbo al norte, contando la historia de su bisabuelo que vino de España y que durante dos décadas explotó el ingenio azucarero San Isidro, en Iruya, Salta. Rodado en la Cordillera de los Andes, el docu mental explora las consecuencias que la industria del azúcar produjo en las comunidades collas, forzadas a ir la zafra y estar alejados durante largos meses de sus tierras con el desarraigo y el deterioro que esto implicaba. Con simpleza, con el testimonio de sus protagonistas, con los imponentes paisajes de la cordillera y con la música del humahuaqueño Ricardo Tilca, Río arriba es un viaje comprometido por una parte de la historia argentina. EUGENIO MAESTRI

"RIO ARRIBA" // DE ULISES DE LA ORDEN // DOCUMENTAL. EN MALBA CINE, FIGUEROA ALCORTA 3415. SABADOS Y DOMINGOS A LAS 18.30. ENTRADAS $ 7.

 
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